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martes, 24 de diciembre de 2013

Pinchos


A veces me acuerdo. Mientras paseo junto a la ría. Mientras espero que se sofría la verdura. Mientras un amigo saca una segunda ronda. O en el andén del metro.

Es como un fogonazo que apenas dura segundos, pero tiene efecto retardado. Y me hace visionar casi todo. Sus zapatillas fluorescentes, la silla metálica rota del jardín.

Me acuerdo de su libro al revés, de las persianas enganchadas, de la pizza picante... del olor. Del olor de todo. Y del cine, de los muchos momentos ante una bonita historia contada.

Pero sobre todo me acuerdo de sus pinchos. Primero cortaba el trozo de pan, con precisión, para que su forma facilitara el proceso. Luego hundía el cuchillo en el paté, el cual esparcía con mucha delicadeza por el pan, dejando que se deslizara por encima como haría una patinadora sobre hielo. Y cubría las esquinas. Porque la gente siempre se olvida de las esquinas. Tal era su concentración y su perfeccionismo que, por momentos, parecía que me encontrara almorzando con un francotirador de los SEAL, preparando y poniendo a punto su rifle de mira telescópica.

A continuación, volvía a por una segunda capa, poniendo una cara de sobreesfuerzo propia de una levantadora de peso búlgara, y remataba el proceso con una fina segunda capa de paté que remataba el pincho. Finalmente, echaba un último vistazo a la creación desde distintas perspectivas. Y sólo cuando era digna de ser presentada a un certamen de Miss Tosta de Paté del Año, sólo en ese momento, sonreía. Y entonces me daba el pincho. Y continuaba sirviéndome una copa de vino y despreocupada daba pequeños sorbos a su cerveza.

Hoy he comido solo, pero en ocasiones veo pinchos.


AyC: Corsario BDSM